El músico ciego de Vladimir Korolenko y la paradoja de la vida real (reseña)

 Escribe J. Miguel Vargas Rosas


    La novela El músico ciego de Korolenko parece involucrarnos en una tragedia clásica, pero en verdad se asemeja más a un drama calderoniano, del cual se pueden deducir una lección relacionada con la persistencia y la lucha del ser humano frente a las adversidades de la vida y de la sociedad y otra lección relacionada con el fin supremo de la educación que, en nuestros tiempos, ha sido relegado al viejo sótano del olvido. La obra, si bien tiene ese tono clásico, está liberado de poesía innecesaria y del típico alargamiento de la trama. Es decir, utiliza con bastante destreza la prosa poética, logrando un equilibrio formal que no tiende al abuso de arcaísmos ni academicismos ni neologismos ni a las descripciones excesivamente meticulosas y, en su conjunto, se constituye en una especie de balada musical que remece el corazón de la multitud que habita en cada uno de sus lectores. «La música —se dice al interior del relato— es una fuerza enorme que permite dominar el corazón de las multitudes» (p. 73)

El nacimiento de Petrus con aquella incapacidad física llamada ceguera nos hace evocar a la némesis griega y a reflexionar un momento en la posibilidad de que la vida está sujeta a la predestinación establecida por fuerzas superiores y/o desconocidas; motivo por el cual, la voz narradora sentencia: «Hay criaturas que parecen predestinadas a realizar la modesta hazaña de amar en medio de penas y zozobras» (p. 93). Esta será la causa de la desdicha que mortifica no solo a Petrus, personaje principal, sino también a su madre y su tío Maxim, quien decide convertirse en su maestro, pero su enseñanza no consistirá solo en impartir clases dentro de un aula, sino a guiarle en la búsqueda de un sentido en medio de lo absurdo de la vida, en ayudarle a alcanzar lo verdaderamente humano que radica en la empatía social. Esta empatía se verá reflejada en el primer concierto de Petrus, el músico ciego, quien podrá ver la realidad mucho mejor que los que gozan de la visión; poseerá, desde que se nutre de aquella solidaridad con los desvalidos y desgraciados, una visión netamente humana de la que carecen muchos dizques seres humanos sin incapacidades, tal como Maxim, su tío y educador, lo manifiesta al cierre de tan enigmática novela: «Sí, ya ve… En lugar de llevar en el alma un sufrimiento ciego, egoísta e insaciable, lleva la sensación de la vida; siente también los dolores y las alegrías de los demás. Ve, y sabrá recordar a los afortunados la existencia de los infelices…» (p. 178). La vida, entonces, cobra una concepción aún más maravillosa, más allá de lo absurdo existencial y es que ella es una oportunidad otorgada al ser humano para experimentar un variado conjunto de emociones y experiencias, pero también para solidarizarse con los más desdichados y aportar a la humanidad algo único e irremplazable —sí, tiene un parangón con el tópico abordado en Así se templó el acero de Ostrovsky.

            Al principio, la novela, con la vida de Petrus, parece querer abordar el tema de la vida como un sueño o, peor aún, una pesadilla de la que deseas despertar con desesperación. Es más, Petrus parece ser la creación de una mente que sueña, a lo borgiano, pero el autor decide apartarse del idealismo y recurre a la realidad, a enrostrarla con severidad e ímpetu. En esta parte, podemos colegir la enseñanza implícita de que “solos” somos una nada flotando en el vacío. La lucha y tenacidad de Petrus contra las adversidades que le depara la vida, se debe en gran parte al mundo cercano que lo rodea y la lucha que estos emprenden, no en son de lástima o compasión, sino de humanidad. Por ende, mucho importa la objetividad en la que estamos inmersos para el desarrollo de nuestra subjetividad y para alcanzar nuestros sueños más anhelados.  La historia sigue un derrotero que nos conduce a confirmar que la vida, al fin de cuentas, consiste en aceptar que somos parte de un grupo y que cobra sentido cuando aportamos o luchamos o colaboramos en algo con ese grupo llamado humanidad. Por eso, tras aprender la esencia de la vida al compartir las desgracias de otros ciegos, Petrus lleva la melodía y el sufrimiento de estos en forma de música ante los que, aparentemente, no sufren nada o son los mayores beneficiados de la existencia. Petrus  decide ser la voz de los que no tienen voz, decide llevar en sus notas la invocación de lo humano para que esos seres que no tienen empatía social se conviertan también en humanos de verdad.

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