La crisis parlamentaria y electoral en el Perú*
Escrito por J. Miguel Vargas Rosas
Marx y Engels formularon la tesis siguiente: Cada cierto periodo se le concede al proletariado el “derecho” a elegir qué miembros de la clase dominante han de oprimirlo y aplastarlo en el parlamento. Añaden también que esta es la verdadera esencia del parlamentarismo burgués, aunque los dizque “marxistas” contemporáneos y los “izquierdistas” bullangueros lo nieguen. En el Perú, el parlamentarismo burgués ha llegado a una putrefacción casi irrefrenable, pues los partidos políticos, ceñidos al sistema capitalista, no pueden ocultar sus anhelos oportunistas ni la corruptela necesaria para saciarlos. Políticamente hablando, estamos frente a una lucha tenaz entre la Gran Burguesía Burocrática (sujeta al socialimperiamismo chino y al imperialismo ruso) y la Gran Burguesía Financiera (sometida al imperialismo norteamericano y aliados) quienes no son patriotas en absoluto ni mucho menos nacionalistas, tal como lo indica Mariátegui al describir a la “clase criolla” que toma el poder después de la emancipación y se somete a los intereses del imperio inglés. Según Mao, estos grupúsculos, para crear dependencia económica en beneficio de las potencias mundiales a las que sirven, coadyuvan a contener el desarrollo de sus propios países, a estancarlos durante un lapso extenso como simples exportadores de materia prima y proveedores de mano de obra barata, sin industrializaciones en las ciudades ni desarrollo en la producción agrícola.
Los burgueses, cuando intentaban sostener su democracia electoral, representativa o parlamentaria, buscaban engañar a las masas haciéndoles ver en las elecciones la única esperanza para su bienestar; sin embargo, estas falacias ahora yacen en la más absoluta obsolescencia, constituyéndose en una problemática internacional que afecta a la clase capitalista, pues todo proceso electoral carece de la vieja careta de “democracia”. La burguesía, actualmente, maneja las elecciones a su antojo con mayor descaro y de espaldas a la mayoría social, quien siente mayor exclusión. No puede ser de otra manera, pues la crisis político-económico y social pone en estado de alerta al capitalismo quien violenta sus propios discursos, leyes y reglas con el propósito de conservar el estatus quo; la gran burguesía se tambalea, sacando a relucir sus contradicciones irresolubles. Esta situación desenmascara los fríos propósitos de los procesos electorales que sirvieron siempre para legalizar y legitimar la opresión de la clase dominante sobre las clases trabajadoras.
Así como internacionalmente el capitalismo eliminó a los grandes pensadores liberales y dejó de lado los tratados de los economistas clásicos (los cuales, pese a contener falencias y falacias, poseían argumentos dignos de ser rebatidos) y se asomaron a una simplicidad de argumentos carentes de lógica básica, la burguesía en el Perú adolece de pensadores, de debate político, no tiene partidos con programas ni principios estructurados: Todo proceso electoral se asemeja a un “carnaval” o “juerga” ramplona en la que ya ni se exponen ideas bien sustentadas, rebajándose a una especie de inversión empresarial muy rentable. Con la asunción de Boluarte y su posterior vacancia; con erigir a Jerí, permitirle que haga de Palacio de Gobierno un antro privado y su posterior censura; con escoger a Balcázar que se tambalea sin cuadros capacitados para asumir como ministros, la democracia electorera o democracia burguesa ha terminado por desenmascararse casi en su totalidad, pues son las clases dominantes, lacayos del imperialismo, las que hacen y deshacen según sus propios intereses. Tanto los partidos de izquierda como de derecha —aunque los de izquierda suelen ladrar contra la llamada “farsa”— se mantienen en la jugarreta como cómplices, cumpliendo sus roles de defensores de una “democracia” zombi. La “izquierda” burda que se presta al juego electorero, lejos de intentar tirar el tablero, denunciar la putrefacción infecciosa dentro de los tres poderes estatales e incitar a las masas populares a trabajar en una reivindicación netamente transformadora, prefiere cuidar sus curules y sujetarse a las leyes fujimoristas que han nacido corruptas.
Hoy se tienen 36 partidos políticos con sus respectivos candidatos a las presidenciales: Ninguno tiene una ideología diferente, ninguno tiene un programa definido, ninguno cuenta con cuadros sólidos, ninguno tiene práctica social ni se diferencia de los actos de los demás: Sus prácticas políticas y económicas los han delatado. Todos juegan a la vieja “cháchara” populista como parte de su campaña, pero ocultan sus fines nefastos. Las mayorías sociales no tienen opción, porque ninguno aspira ni a un ligero reformismo dentro del mismo sistema; no buscan ningún avance en la mejoría de las capas populares peruanas; todos apuntan a reafirmar la opresión de una de las potencias hegemónicas sobre nuestro país. Lo que corresponde a los verdaderos espíritus progresistas, comunistas y revolucionarios es coadyuvar en la autoeducación de las clases trabajadoras para que puedan dar el salto cualitativo hasta constituirse en “clase para sí” y puedan luchar por su verdadera emancipación, reconstituyendo su vanguardia combativa.
*Artículo publicado en el diario "Ahora" Huánuco el 03 de marzo del 2026
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