El interior de Los espíritus de la noche (Reseña)

Escribe Oscar Gilbonio
  

    En un país como el nuestro resulta un reto y siempre polémico hablar del conflicto armado interno por tratarse de un tema amplio y con diversas aristas, cargado de preconceptos y aprensiones. Nos ha interesado —y nos interesa— el aspecto artístico y, en especial, el literario de tal acontecimiento en el Perú. En ese sentido incursionamos en la literatura, desde nuestros primeros atisbos hasta posteriores ensayos o cuentos llevados a volúmenes. Tal vez, un similar proceso nos emparente con Víctor Hernández (Lucanas, 1962), aunque desde dos miradas específicas: una forjada en la Agrupación Cultural Ave Fénix y la otra desde la Asociación Literaria Nueva Crónica. Siempre nos resulta grato conocer sobre alguna nueva entrega de un miembro de estos colectivos. Hernández nos había sorprendido con Golpes de Viento (2008); ahora comentaremos su más reciente cuentario.

    Los once cuentos que conforman Los espíritus de la noche (Arteidea & Nueva Crónica, 2024) de Víctor Hernández rememoran un conjunto de creencias populares que el autor debió recepcionar en sus querencias como parte de la tradición oral de sus ancestros. Creencias afines al mito, con las cuales, aun en tiempos más recientes, se ha pretendido interpretar sucesos extraños, fenómenos paranormales, hechos no esclarecidos del todo, así como sustentar la devoción religiosa. 

    Los cuentos transcurren en algún lugar de Lucanas (Ayacucho) bautizado como Musoqmarca y aluden a mitos o leyendas de raigambre local sobre ánimas, espíritus que aparecen en festividades, seres fabulosos, condenados, vírgenes prodigiosas, curanderos maleros, etc.; explayándose en digresiones que enteran al lector sobre la creencia o la tradición en cuestión, pero sin el ánimo de reforzarla. Más bien, manejando hábilmente el suspenso, el autor emprende un ejercicio de esclarecimiento —cuando no de desmontaje— de los sucesos, hasta entonces inexplicables o extraordinarios, para darle una elucidación más terrenal y lógica, menos supersticiosa.

    Hernández se vale de un narrador testigo: un niño que encabeza un grupo de cuatro amigos dispuestos a la aventura del develamiento o a proporcionar una lección de justicia a algún abusador o potentado. Estos muchachos son todo oídos a los rumores que circulan como reguero de pólvora en un pueblo pequeño donde los pareceres individuales construyen un ánimo colectivo. A su vez, descubren su propia capacidad para inducir, provocar o desestimar nuevas elucubraciones.

    En un sentido general, nos deja la sensación de un ánimo por desechar todo suceso que no responde a una explicación lógica o material dentro del mundo conocido o del ámbito científico contemporáneo. Sin embargo, desde los primeros postulados de la física cuántica, a inicios del siglo pasado, se descubrió que existen manifestaciones de la materia —que no sería sino una forma condensada de la energía— que escapan a nuestros sentidos y dimensiones o cuyo comportamiento, a su vez, responde a nuestra intencionalidad. Todo este espacio —dentro del cual podemos incluir a los fenómenos paranormales— quedaría al margen de la propuesta del libro.

    Señalamos, además, que el volumen está flanqueado por dos textos de carácter ensayístico, el primero explora el surgimiento del arte —y como parte de él, el del cuento— en el proceso evolutivo de la humanidad, vinculándolo a la actividad de caza, que debió alcanzar un mayor desarrollo en el paleolítico superior, apoyándose en descubrimientos científicos y, más cercanamente, en las formulaciones del escritor nacional Luis Urteaga Cabrera.

    El otro texto —de cierre o epílogo— propone que la nación peruana habría forjado su propio idioma: el castellano andino, con leyes, palabras y sintaxis propias, no ceñidas estrictamente a la RAE, y donde el quechua constituye el mayor aportante sin desestimar la contribución de otras lenguas nativas.

    Una lectura, sin duda, valiosa.

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