Reflexiones sobre el ambiente literario actual en el Perú

Escrito por J. Miguel Vargas Rosas     

    Me es difícil hablar sobre la literatura peruana en general desde una óptica analítica y crítica, pues comúnmente lo hago para testificar sobre la calidad de ciertos libros que leo; no obstante, creo necesario hacerlo ahora, aclarando que mi postura es la que sigue a Mariátegui, expuesta en sus 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana: «Mi testimonio es convicta y confesamente un testimonio de parte. Todo crítico, todo testigo, cumple consciente o inconscientemente, una misión. Contra lo que baratamente pueda sospecharse, mi voluntad es afirmativa, mi temperamento es de constructor, y nada me es más antitético que el bohemio puramente iconoclasta y disolvente; pero mi misión ante el pasado, parece ser la de votar en contra. No me eximo de cumplirla, ni me excuso por su parcialidad» (2007, p. 191). Esto no implica actuar o vociferar —como lo hace cierta facción de la izquierda pequeño burguesa y la derecha con mayor desparpajo— bajo la idea del “compadrazgo” o guiado por opiniones sesgadas debido al individualismo extremo, buscando, injustamente, colocar la obra de los “amigos” o los “buenos clientes” por sobre la de otros.  

    En este pequeño artículo, no es mi propósito hacer un balance de narrativa ni poesía, sino expresar la incertidumbre que provoca el proceder de ciertos dizque críticos o estudiosos literarios, así como el de varios escritores; por ende, es muy posible encontrar en este texto algo de subjetivo y tendencioso, aunque se constituirá como el inicio de una tarea titánica e inexorable en la literatura actual: Forjar un espacio nuevo y renovador. Es cierto, como dicen algunos ponentes, que la literatura en el siglo XXI ha incrementado en cantidad, ¿pero lo mismo se podría decir acerca de la calidad? No hay movimiento literario ni ningún escritor que se haya desarrollado ajeno a las inquietudes de su tiempo, como ninguno ha podido erigirse sin ser parte o elemento del proceso de lucha de contrarios en la historia social. Es una afirmación infalible que puede comprobarse con un vistazo somero al derrotero de la literatura universal, hispanoamericana y peruana; todo estudiante de literatura lo deduce en una primera clase introductoria. Esto, incluso, fue perceptible en la década de los 80, cuyos escritores estuvieron influenciados por la violencia interna vivida en el Perú, independientemente de su postura. 

    A fines de la década del 90, aproximadamente, con la violencia del gobierno y la imposición de la podredumbre como “cultura” (diarios chichas, programas cómicos ramplones, educación alineadora en extremo, etc.) los literatos empiezan también a sucumbir en una especie de oscurantismo, pierden el rumbo, se desbarrancan al precipicio del conservadurismo y ceden ante el poder del miedo y del terror proveniente de las instancias estatales: Se apartan de la realidad, del proceso histórico; quieren imponer nuevamente el arte de salón, el arte de la Torre de Marfil. Los intelectuales, en un gran porcentaje, abandonan las ideas nuevas; se anquilosan en las ideas conservadoras y hasta retrógradas, sustituyendo cualquier impulso trascendental por algunos denarios que el gobierno de entonces les ofrece. Los pocos que resisten con ímpetu juvenil y con espíritu nuevo son relegados por el mismo sistema; obligados a sucumbir en la pobreza a cambio de su integridad. El gobierno de entonces ensalzaba (con mayor descaro) a escritores que cortejaban y adulaban su gusto mediocre, mientras marginaba y hundía a las voces discordantes, diferentes, innovadoras, de avanzada. No es que esto no haya suscitado antes de la década del 90, pero los escritores de avanzada oponían una lucha tenaz y una presencia firme, permitiendo conservar ciertos resquicios para valorar artistas nuevos, destacar figuras vitales, colocar sobre la mesa debates relevantes, proporcionar un medio para las voces innovadoras y/o contestatarias: ahora abunda la pasividad y el uniformismo servil. 

    Cuando aquel Miguel Gutiérrez que conformó el grupo Narración se retira de la crítica literaria, esta decae y con ella decae una crítica respetable; solo algunos intentan combatir contra la parafernalia orquestada por el sistema conservador. Entonces, las obras artísticas son consideradas, al cien por cien, como simples mercancías; con el avance de la tecnología las grandes editoriales se prestan a publicitar escritores “mediáticamente reconocidos”, dejando en el abandono a escritores de talento y grandeza. En esto también cumplen sus roles, ciertos críticos literarios, quienes redactan reseñas solo si las obras pertenecen a escritores “mediáticamente reconocidos” o si se les proporciona cierta gratificación “voluntariosa”, pues a ellos también les “costó” acomodarse en los medios oficiales. Es el lado derecho de la crítica quien impone sus cánones y sus campañas de marketing, obligando a creer a la opinión pública que la literatura es solamente aquella que ellos pregonan.  Por otro lado, en el ala izquierda se carece de un medio contundente que permita sacar a flote a nuevos valores, nuevas voces, nuevos espíritus, tal como lo fue Colónida en su momento (que rescató del olvido a escritores como Eguren y Oquendo de Amat) o como lo fue el Grupo Intelectual Primero de Mayo. Además, en este sector, un gran porcentaje de escritores autoproclamado “progresista” carece de un verdadero espíritu revolucionario; por ende, opta posturas pequeño burguesas o lumpenes exhibidas en sus textos literarios y en sus artículos de crítica, los cuales se basan solo en la subjetividad mezquina y oportunista. En estos últimos, como en los críticos de derecha, no existe ni una pizca de investigación ni un afán por revalorar nuevos talentos ni reconocer la grandeza otros. Por eso, cuando elaboran balances literarios, estos solo sirven para plagar con elogios a escritores conservadores reconocidos por las instituciones gubernamentales, a escribidores de espíritus apagados, a amigos, a compadres o a los exaltados por la prensa oficialista. 

 Por todo lo expuesto hasta aquí, todo crítico o estudioso literario que se jacte mínimamente de “imparcial” deberá ahora trabajar de manera objetiva, investigar en la realidad  y no solo esperar publicaciones “periodísticos” en medios oficialistas ni divagar únicamente en textos de biblioteca como intelectual de mazmorra; más aún, si se jacta de espíritu nuevo y revolucionario debe batallar por constituir y sistematizar un espacio de talla nacional e internacional con un peso serio, que busque no solo impulsar a nuevos escritores y revalorar a los anteriores —cuya grandeza debería ser estimada con mayor notoriedad— sino también incitar que el espíritu de los artistas rejuvenezcan constantemente en búsqueda de una libertad en todos los sentidos. Esa debe ser ahora nuestra tarea frente a la inclemencia y la degradación del sistema capitalista, desprendiéndonos de todo oportunismo pequeño burgués o de todo oscurantismo mediático que, sin duda, beneficia al sistema; debemos retomar la grandeza y sencillez de Mariátegui, quien supo connotar, sin egocentrismo ni dogmatismo, el valor que le correspondía a cada figura literaria de su tiempo, incluso a aquellas que se resistieron a una literatura política consciente.  

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