El "Ángel de la isla" de Dante Castro

  Escribe J. Miguel Vargas Rosas

     “Ángel de la isla” es un cuento del escritor Dante Castro Arrasco, sobre el cual me habían comentado en varios lugares; entre copas y noches limeñas, el cuento brotaba entre el bullicio de los parroquianos. Esto debido a que el cuento narra la experiencia trágica, lóbrega y martirizante de un integrante del PCP - SL en la hoy abandonada isla El Frontón. Ambientado en el develamiento del motín por parte del gobierno de Alan García Pérez en 1986, el cuento de Dante Castro nos remonta a las últimas horas de horror que sufrieron los recluidos en dicha isla, acusados de subversión o “terrorismo”. El cuento inicia con un bien elaborado misterio que cautiva al lector, incitándolo a seguir por el cauce de la historia. «Habían dejado de sonar los tiros de cañón y todo era una sola ruina de concreto y sangre mezclada con fango oliendo a pólvora». Después, las descripciones en primera persona tienen la capacidad de transmitir al lector la tensión y la aprensión que vive el protagonista, transformando a aquel en copartícipe de la experiencia apabullante del último. 

    La historia que pertenece al libro Parte de combate no solo es una prosa frívola o descriptiva, sino que reluce una prosa poética sin excesos de palabras rimbombantes, en las que alterna el uso de diversas figuras poéticas, por lo que emite una emotividad muy profunda. El personaje se expresa, mentalmente, con un dialecto provinciano y esto hace que su narración contenga esa forma poética de los hombres del campo. Es más, la historia misma cobra un tono alegórico en cuanto a la lucha emprendida por el protagonista, quien busca emerger desde el fondo del abismo, en donde se halla aplastado por cadáveres que empiezan a emitir ventosidades. Esa brega infatigable, guiado por una esperanza o por el solo hecho de vencer a la nebulosa muerte, puede ser entendida como una lucha tenaz por salir del foso oscuro de la existencia o de la desgracia social que agobia a los hombres. En este caso, Mario, el protagonista, lucha por la esperanza de una revolución y demostrar que la resistencia de él y sus compañeros todavía daba batalla ante lo funesto de la represión del Estado. 


    Conforme va ascendiendo hacia la luz o hacia la vida, Mario tendrá contacto con otros compañeros suyos que están en condiciones similares, pero que son vencidos prontamente por el pesimismo y la muerte, aunque se dan ánimos mutuamente para derrotar a la inexorable muerte: La solidaridad humana en su máxima expresión. Él debe continuar mientras pueda. Casi al final, nos muestra el trabajo mancomunado de Mario y un perro que los presos políticos habían criado en la prisión; es con este pequeño animal, llamado “Negro”, que logran llegar afuera del cúmulo de cadáveres y son acudidos por los militares, quienes asesinan al Negro y dan la orden de ejecutar a Mario. «Cuando los abro veo al “Negro” agonizando a mi lado, boqueando sangre, tratando de pararse y no pudiendo. Por último, lo veo tendido de costado, levantando su orejita como despidiéndose. Ha muerto y las lágrimas empiezan de nuevo a correrme por el rostro». En esta parte habría que hacer hincapié en que la historia toma la forma de un viaje casi homérico por los submundos de la sociedad moderna; es como un viaje epopéyico en el que se demuestra la desgracia y la oscuridad, desde donde se levantan los hombres “muertos”; pasan por la solidaridad humana y la interconexión hombre-naturaleza que, finalmente, se ve destruida por los que supuestamente deberían encarnar la civilización y la humanidad. «—Puta que eres huevón, baboso de mierda… ¡Tanto muerto y tú llorando por un perro! ¡Corre, corre, carajo! ¡A mi paso Lázaro, a mi paso!»

    No obstante, Mario se salva de ser ejecutado por la superstición de uno de los militares que estaba a cargo de su ejecución, ya que el haber emergido de entre los cadáveres después de que estos resistieron a los cañonazos y luego a una ráfaga de metallas directas, cree que Dios lo ha salvado. Recordemos que la historia está basada en el testimonio de Jesús Mejía Huerta que fue bautizado como Lázaro, ya que pudo sobrevivir y emergió desde las penumbras de la muerte, salvando los cadáveres de sus compañeros que yacían arrumados después de sus ejecuciones extrajudiciales. 

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