Wilbur y Carolina
J. Miguel Vargas Rosas
El tipo ingresó ceremoniosamente al promediar las nueve de la noche. Había un silencio extraño; no era el silencio común que impera en las clínicas, sino uno casi deprimente: Creí que se debía a mi permanencia en el consultorio a esas horas.
— Buenas noches —saludé cordialmente.
— Buenas noches, doctor —respondió él— Soy Wilbur y todo ha terminado —se presentó como si nunca antes hubiese tenido una sesión conmigo.
Se dejó caer en el diván. Tenía los ojos circundados por ojeras muy notorias; la cabellera despeinada; la tez tan pálida que semejaba un muerto.
— ¿Perdón? —consulté.
— Todo ha terminado, doctor —volvió a sentenciar, repantigándose en el sofá— Todo ha terminado hace unos días —Sus ojos brillaban.
— ¿A qué se refiere, Wilbur?
— Ella ya no volverá y yo… yo he recaído. Solo vine a decirle que esta será mi última consulta: Moriré, doctor. No tengo más salida.
— Si has tomado tal decisión, está bien —dije, resignado— Pero quédate un momento y explícame más.
— ¿No llamará a nadie para retenerme?
— ¿Por qué lo haría? Es tu decisión y la respetaré.
Wilbur soltó una risotada que se prolongó en una sucesión de carcajadas. Lo reconozco, se me hizo densa la noche y una incertidumbre corroyó mi ser al imaginar lo que haría aquel hombre en cuanto abandonase el consultorio. Pensé en los testimonios vertidos por grandes psiquiatras, en los cuales aseguraron no haber curado o sanado a ninguno de sus pacientes. Yo estaba frente a un hombre cuyos síntomas agudos sindicaban bipolaridad y pensé que no podría sanarlo ni curarlo; peor aún, le había prometido no pedir ayuda para hacerle desistir de sus intenciones suicidas.
— Vamos, Wilbur, explíqueme —le incité— Si ya todo está decidido, ¿por qué vino a mí?
— No lo sé —respondió, riéndose— No sé por qué vine. No sé por qué estoy aquí.
— Quizá necesitas contarme. Tal vez sea la última voluntad de un…
— …. condenado al patíbulo —Acalló su risa de golpe— Tal vez.
— Entonces, hazlo —repuse— Te escucharé el tiempo que sea necesario.
Wilbur conoció a Carolina una noche sin estrellas, en pleno invierno limeño. Halló en ella un refugio que la vida y él mismo le habían negado frente a sus episodios hipomaniacos llenos de frenesí y desasosiego. La primera noche que la vio, ella lo marcó por sus grandes ojos iridiscentes, sus labios carnosos, su mirada serena y la sonrisa tierna enmarcada en su rostro. Aquella noche transcurrió apacible entre el humo del café, la sonrisa espontánea de Carolina, la idealización que él forjó en su subconsciente: Creyó amarla, sin entender que idealizar a las personas es colocarse un puñal en el pecho, pues lo dicho por Dostoyevsky resulta muy cierto: “Es demasiado idealista… y por eso mismo, cruel”. Después del café, ella lo condujo por las calles de Surco a un local casi vacío, donde le enseñó a bailar al son de una música suave, pegados e iluminados tan solo por las luces sicodélicas. Entonces, todo empezó o se desencadenó, cediendo paso al caos. «Sinceramente creí que el caos nos conduciría a algo mejor; pues, según Hesiodo, el Caos lo originó todo»; me dijo Wilbur.
Se separaron momentáneamente. Él y ella lucharon por no volverse a ver, debido al temor de cometer un grave error, pues ella estaba comprometida con un joven médico. No obstante, Wilbur caía en un enamoramiento imposible, en un efugio que lo arrojaría al fango del dolor. «Me había tornado en un Werther, doctor. Era gracioso; en pleno siglo veintiuno andar con dichas cursilerías resulta inconcebible. Caminar, sujetando sus manos, anhelando sus labios, perdiéndome en sus miradas serenas; caminar tan solo hacia la oscuridad. Ese era mi destino y, aun así, consideré aquella forma de muerte como lo más bello». En ese lapso, Wilbur regresó a Huánuco, recayó en el otro “polo” de su personalidad; galanteó a unas chicas en las calles nocturnas; buscó pelea con los enamorados de estas; recibió una paliza que lo envió al hospital con el rostro ensangrentado, la cabeza rota y la columna maltrecha. Fue trasladado de emergencia a Lima, donde Carolina lo fue a visitar y lo cuidó durante dos semanas. «El amor no fue para nosotros un ángel, doctor —contó— Fue una serpiente que mordió nuestros corazones y nos cegó al máximo». En cuanto él se hubo recuperado casi por completo, Carolina estaba sentada a su lado, en la única cama al interior de un cuarto rentado en el corazón de Jesús María.
— Bueno, ya estás mejor —susurró ella, mirando la pared.
— Gracias por tus cuidados.
— Tú mismo debes cuidarte —reprochó— El sanarte es posible si tú así lo quieres.
— ¿Y si te quiero a ti?
— Es imposible: lo sabes.
Wilbur, recostado sobre la cama, se impulsó hacia arriba, la sujetó de la cintura, la trajo hacia sí y la besó en los labios; fue un beso sutil e inocente. «No está bien»; balbuceó ella, acariciándole la mejilla; sin embargo, le dio otro beso más largo, más apasionado que, remeciéndoles cuerpo y alma, les imbuyó a cerrar los ojos. «Te amo, Carolina»; confesó él.
— ¿Ahora qué? —preguntó ella.
— Solo dame una semana —contestó Wilbur— solo una semana y nos separaremos. Te lo pido, por favor.
Ella asintió con un leve movimiento de cabeza. En esta parte del relato, Wilbur entonó “Memorias” de Daniel F, esbozando una sonrisa lánguida: «…una mañana del mes de octubre, apareció una princesa en mi vida, naah ah ah, pura luz, pura vida y yo la quiero desde entonces. Nunca fuimos juntos a un baile, ni enfrentamos a esos dragones; solo fuimos hasta la esquina y miramos los mismos faroles…». Una noche recorrieron las calles de Cercado de Lima, se tendieron en la hierba fresca del Campo de Marte y observaron el cielo nebuloso, envueltos en una ensoñación romántica. Tal como dijeran los romanticistas, el amor es un sueño voluble que nos permite seguir viviendo, aunque alguna mañana incierta se ha de disipar símil a un espejismo en el desierto. Otra tarde, fueron al puerto de La Punta en donde contemplaron la marea, sentados muy juntos; ella le sujetó el brazo, recostó la cabeza sobre su hombro y versos inconcebibles asomaron a los labios de Wilbur. Jugaron muchas veces por las calles como dos chiquillos que se aferran a la infancia. Supieron equilibrar el tiempo para no someterse al tedio de las relaciones amarcigadas. Unas veces fueron al teatro; se sentaban en las butacas a robarse besos cada minuto. En otras ocasiones, se sentaban en la última fila del cine a ver cualquiera película; la intención era permanecer juntos el mayor tiempo posible, transmitiéndose energías necesarias para aferrarse a la idea del amor transmundano y comprobar la falsedad de la hipótesis socrática, la cual consideraba al amor como un simple deseo de lo aún no poseído. El tiempo transcurrió como un viento huracanado. «El tiempo fue desde entonces un aliento felón que aparentaba suavidad, cuando tenía que ser, desde el comienzo, el huracán inmisericorde que fue al final. Sí, doctor. Al final, fuimos hojas marchitas o ramillas débiles sacudidas por el huracán temporal. Lamentablemente, cuando asumimos conciencia de lo frágil e insignificante que éramos en un mundo invernal, yo ya estaba solo, sin ella, sin su mano, sin su mirada reluciente: la soledad había vuelto a ser aquella desolación infausta».
El instinto suicida había despertado en Wilbur aproximadamente a los dieciocho años; un día lejano había conseguido un revólver y jugó a la ruleta rusa a solas, aislado en su habitación. El arma detonó en el tercer disparo, pero la bala se atascó, produciendo en su sien una quemazón ensangrentada.
— Hoy, ya hace una semana —prosiguió la narración, cabizbajo— que ella y yo nos sentamos en el paradero de autobuses, ubicado en la primera cuadra de Salaverry, a mirar el caótico tráfico vehicular. Este caos urbano, doctor, aísla en una soledad asfixiante hasta dejarnos sin aliento ni sueños. Desde un taxi brotaba la canción “El Che y los Rolling Stones”. ¿Se da cuenta, doctor? Bastaron los 60 segundos de la luz roja en el semáforo para que todo se fuera al carajo; para que todos los sueños se estrellaran contra la pared invisible del verano. Ella y yo no nos atrevimos a mirarnos. «¿Cumplirás?»; inquirió. «Ha sido una semana hermosa y ahora debes irte —suspiré, conteniendo mi tristeza anonadadora— Vete antes de que me arrepienta —Estiré la mano; ella me la sujetó con ternura— Lo siento, Carolina. Ahora debes reiniciar tu felicidad». Ella besó mi mano; sentí sus lágrimas tibias en mis nudos. «La felicidad me la enseñaste tú —aclaró— Yo… yo le diré la verdad a él y todo habrá terminado —se refería a su novio— Como te dije, con él todo fue un tedio sombrío, un frío glacial… Sin embargo, él no merecía que le hiciera esto». Oí sus pasos alejándose entre las calles nocturnas.
Dios, aquí no está…»
Los 60 segundos habían pasado; el semáforo se puso en verde; el vehículo con la canción de “El Che y los Rolling Stones” se alejó y ella ya no estaba más a mi lado. Demoramos casi medio año en darnos un beso; pero el adiós llegó en tan solo sesenta segundos. Al fin y al cabo, los humanos somos animales salvajes echados al azar en una jungla invernal llamada ciudad, en donde todos son pasajeros que aparecen y desaparecen entre la maleza urbana. Hace una semana que no regreso a casa ni he dormido en una cama. Hace una semana que vagabundeo por las calles, me embriago y amanezco en las banquetas de los parques. Ha pasado una semana y no tengo ni un centavo en los bolsillos: he gastado, en tan solo una semana, todo lo ganado en un mes.
— Entiendo, Wilbur —repuse— Pero… piensa un momento ¿Ella no te enseñó nada? ¿Ella no deseaba algo para ti?
— Quería que enfrente mi locura —sonrió con sorna— Deseaba que me cuidara más.
— ¿No merece que le concedas eso?
Se encogió de hombros y se levantó.
— Adiós, doctor —dijo— Fue un gusto.
No sé si se extravió entre los sinuosos caminos de la penumbrosa locura y saltó al vacío como intentó hacerlo en reiteradas ocasiones o tomó en cuenta mis indicaciones anotadas en una receta y se internó en el Larco Herrera por un periodo determinado; el periodo necesario para que la depresión cediese y los fármacos le ayudaran a recobrar el equilibrio. Revisé los periódicos hasta hoy, buscando algún caso de suicidio con su nombre, pero no, no está… No lo está y no ha vuelto a mi consultorio ya más.
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