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Un muerto en la pedrera

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 Escrito por J. Miguel Vargas Rosas                  — No lo muevas… Pero, papá tenía que hacerlo; debía sujetar con ambas manos el brazo endurecido del cuerpo inerte y hacerlo girar. Estaba en la pedrera. Cuánto frío han de sentir las almas al quedar en la pedrera, tiznando de sangre los pétreos objetos. Los rayos solares acariciaban parte de la cabellera encostrada.  — No, papá… —volviste a gimotear tú. Sin embargo, papá tenía que hacerlo y lo hizo, sacando fuerzas de flaqueza. Al ver el rostro de aquel cuerpo, supo quién era, pues lo reconoció pese a los ojos profundamente cerrados y el semblante pálido.  — ¿Es él, papá? —interrogaste, aunque el viejo ya no te hizo caso. Lloró, sujetando en su regazo el cuerpo marchito y muerto.  No te hizo caso por dos razones: Porque el cuerpo no pertenecía a un “él”; el cuerpo era el tuyo, porque no me buscaban a mí como tú creías, sino que te buscábamos a ti ...

El secuestro en un inconsciente - Relato Corto

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  Por: J. Miguel Vargas Rosas        Al despertar, el cuarto no era mío o eso creía. Relojes diminutos, medianos y gigantescos estaban empotrados en las paredes. Una puerta se bamboleaba al fondo. Varios trenes transitaban sobre sus rieles que reposaban en mesas amplias. Cuadros pictóricos colgaban de las paredes, en los recovecos que creaban los espacios entre relojes. Un Marx barbudo, un Lenin y un Mao calvo, un Márquez, un Hawking, un Einstein, Tesla, Newton, Galileo, Hegel, y muchos otros científicos, incluyendo Smith, Keynes, así como Van Gogh sin el lóbulo de la oreja, Modigliani, Mariátegui, Matisse y mis padres, mis abuelos, mis sobrinos, mis hermanos, los pocos amigos, la soledad plena dibujada en mi imaginación.       Avancé hacia la puerta, sin salir aún de mi asombro; crucé el umbral y me adentré a un espacio nebuloso, en el cual se percibía melodías tétricas, mientras la niebla espesa se alzaba desde el suelo. Al volverme en mi p...