Dos libros a tener en cuenta en la literatura huanuqueña: Juegos perdidos y Horas azules

Escribe J. Miguel Vargas Rosas     

    Un alto porcentaje de la literatura huanuqueña actual ha optado por un derrotero algo penoso [al igual que la literatura peruana], pues se escribe o redacta libros con fines netamente comerciales; libros que serán acomodados o impuestos en instituciones educativas que, hoy por hoy, se han convertido en un mercado rentable en todo el país y no porque garantice lectores, sino porque asegura la venta de los productos [el libro, entonces, se convierte en una mercancía cualquiera]. Esto no constituiría un gran problema de no ser porque las obras, escritas con esos fines, pierden calidad, se someten al simplismo y al forzamiento decadente que, tras cierto proceso, provocará en los estudiantes y pocos lectores un desencanto por la literatura, a la que considerarán falto de estética y, sobre todo, material carente de representación emocional o un producto inútil social e individualmente. Un gran porcentaje de la literatura regional actual ha sucumbido a este "apetecible" negocio; se escribe porque se ve un negocio en él, no solo por el hecho de vender el libro, sino porque con la publicación de este se aspira a grandes rangos laborales, principalmente en el ámbito educativo [triste realidad peruana]. 

No obstante, hoy quiero rescatar un par de libros que, a mi parecer, rompen con ese camino. Dos libros que no han caído en la engañifa comercial, pero que poseen potentes influencias de escritores clásicos y no pretenden desligarse de ellos ni aspiran a más ambiciones que representar el espíritu de sus autores de una manera sincera y honesta. 

El primero es Juegos perdidos de Jacobo Ramírez Mays (Ed. Condorpasa, 2025); consiste en un conjunto de relatos, cuyo narrador homodiegético recuerda su infancia transcurrida en Rancho (un espacio rural de Huánuco) y comparte sus nostalgias con el lector, quien puede sentirse representado y asimilar dichas nostalgias hasta asumirlas como propias. Los relatos pueden leerse de manera individual e independiente, pues cada uno tiene principio y fin, aunque juntos forman una mediana historia que termina en el abandono de Rancho por parte del narrador protagonista; en este aspecto, podemos hallar rasgos de Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. 

    Los juegos “perdidos” que se describen en las historias se constituyen en alegorías y lecciones o reflexiones que la voz narradora puede interpretar y aplicar en la vida cotidiana durante la adultez. Así, llama bastante la atención que el narrador intente marchar contra la política consumista tan degradante e insensibilizadora, abogando por una felicidad más humana y más solidaria a través de aquellos juegos de antaño que permitían encontrar lo esencial de la vida en las cosas, detalles, obsequios o sucesos más sencillos, pero que resultaban ser los más importantes. No cae, pues, en la degradación del mercado ni se refugia en las fantasías transmundanas de los “neorrománticos” que aman de espaldas a la realidad y rehúyen de ella atemorizados ante las calamidades sociales. El amor que profesa el narrador se encuentra inmerso, tal como sus personajes, en la realidad. Partiendo de ahí, las historias se inclinan hacia una filosofía existencialista, pues muchas deducciones que extrae la voz narradora de los juegos remotos, los relaciona con el sino de la vida misma. «Hoy, cuando el mundo se ha llenado de reglas y pantallas, cierro los ojos y puedo vernos ahí, bajo el cielo de Rancho, lanzando y esquivando, cayendo y celebrando. Y me digo en voz baja, como un conjuro: “¡Matagente!”, y sonrío, sabiendo que aún estoy vivo» (p. 31). 

    Aquella filosofía existencial toma préstamos de la poesía vallejiana, pues si bien podemos afirmar que los cuentos dan preferencia a la prosa, no significa que esté exenta de poesía. «Sentado y escribiendo esta historia, digo: “Un día te escondiste, Clara, y desde entonces te busco en cada sombra, en cada verso, en cada atardecer que se despide sin decir adiós» (p. 20). Los juegos infantiles cobran, entonces, un papel aleccionador en los adultos. «Loli, Carmen, Francis, Paúl, mis hermanas, mis hermanos mayores, mi abuela, todos los que alguna vez saltaron para no pisar una línea, como si la vida fuera un equilibrio eterno entre lo que se deja atrás y lo que viene» (p. 54). Esa misma voz que no ha olvidado la infancia, sino que suele añorarla y evocar con suma ternura, incita también a observar el mundo con los ojos de un niño, con la sencillez que le otorga este a la existencia compleja sin, por ello, desconocer o desentenderse de las dificultades que deben arrostrarse. «(…) Pero a mí me gusta pensar que, cada vez que damos un paso con miedo, cada vez que apostamos por un salto, seguimos jugando, seguimos trazando casillas en la tierra del recuerdo» (p. 55). El mundo, que era un juego para los niños, debe seguir siendo un juego pese a las adversidades que se nos presenta. El espíritu “niño” debe renacer a cada instante pese a la austeridad de la sociedad; es más, ese espíritu “niño” es necesario en medio de una sociedad que ha sucumbido a la mezquindad, a la insensibilidad bestial y a esa nefasta inclinación por ponerle precio a todo. 

Cuando quiere inculcar su punto de vista, el pequeño libro de Ramírez cobra la funcionalidad que le dotaron a la literatura los escritores españoles de la generación del 98, quienes asumían una responsabilidad frente a la crisis padecida por España tras la pérdida de sus últimas colonias [Esto para confirmar la influencia que ejerce Jiménez en el libro de Jacobo Ramírez]. Más interesante aún es que, en Juegos perdidos, encontramos figuras autóctonas como el famoso tejido de las madres huanuqueñas, el cual se convertirá en una metáfora sobre los diversos transes que debe experimentar la vida; para ello, el escritor torna al tema familiar y prosigue con un lenguaje cotidiano, propio de Valdelomar. «La despedida no era el fin. Era solo el inicio de un nuevo tejido. Uno donde mamá, con sus ocho hijos, seguiría hilando una vida nueva, en otro lugar, con otras calles, pero con la misma lana invisible que nos había unido siempre» (p. 83). 

El hombre que regresa a su infancia, regresa a su esencia y a su lado más original y puro; el hombre que tiene presente su infancia puede tener presente su genuino espíritu humano, su lado más hermoso y su lado más genial; el hombre puede ver en su infancia un refugio a las arremetidas violentas de la sociedad. No hay nada de malo en ello ni nada de malo en que nosotros, hombres dedicados a intentar analizar objetivamente la sociedad, la literatura y las cosas, regresemos también a la infancia. Este pequeño conjunto de relatos no solo nos imbuye a hacerlo, sino que nos remonta a aquellas épocas. «…a medida que el sol comenzaba a ocultarse, sabíamos que, aunque el paisaje cambiara, la memoria quedaría para siempre en el hilo de nuestra madre: tejido y guardado en cada uno de nosotros» (p. 84) El libro presentará, bajo mi humilde punto de vista, una falencia, aunque insignificante,  y consiste en repetir el “volví a Rancho” en la mayoría de los relatos, que se torna innecesario para quien intente leer los relatos como un todo concatenado. 

El otro libro que debo rescatar es Horas azules de Roberto Vela (Warden Bools, 2024), quien tampoco ha podido [siendo justificable por ser su primer libro] evitar la influencia de Rubén Darío y del movimiento creado por este. El título, según creo, es una alusión directa al libro “Azul” del poeta nicaragüense, tal como el propio prologuista del libro lo señala con cierta seguridad: «(…) en conjunto con el título parece sugerir una intertextualidad con Azul de Rubén Darío; y nadie mejor que nuestro escritor peruano para hacer esta especie de homenaje». No siendo suficiente ello, el libro de Vela está estructurado de la misma forma que Azul de Darío; es decir, dividido en relatos breves y poemas. Incluso el lenguaje, la forma y el fondo de los relatos y los poemas tienden hacia el estilo modernista: Versos ornamentados con figuras complejas, arcaísmos y academicismo; refugio de la realidad en parajes exóticos; empleo del cromatismo en varios de sus versos; intento por demostrar cosmopolitismo; revaloración de figuras mitológicas y otras características más. En los relatos, opta por los temas románticos principalmente, distanciándose así del fondo rubeniano, pues este buscaba principalmente denunciar la indiferencia de la sociedad frente al arte y el desprecio contra el artista; en otras palabras, trataba un tema relacionado a una problemática social [ojo, no implica que no haya escrito relatos románticos]. Mientras tanto, Vela busca evitar la realidad en su totalidad y sus relatos se tornan en historias que exhiben un romance trunco o el amor frustrado. «Y pronto me encontré nuevamente en mi cuarto, sentado cerca de la luz de la lámpara, enfrentándome a uno de los momentos más trágicos de la vida: la muerte de mi amada» (p. 14). Es más, en este aspecto, el autor de Horas azules presenta una similitud con las leyendas de Bécquer y el estilo becqueriano. Llama especial atención el cuento “El vodka”, ambientado en Moscú, cuya temática es el amor trunco debido a la fuerza arrasadora de la muerte. «Esa noche, el aqua vitae de los zares fue en verdad un oasis puro y refrescante de donde bebí la esperanza de volver a verla» (p. 14). El final abierto de dicha historia inocula en el lector incertidumbre combinada con nostalgia e invita a la reflexión filosófica. 

    Siguiendo ese rumbo, sus poemas se constituyen en especies de odas a los mundos fantásticos, a la naturaleza, a la Torre Eiffel. Con ello, intenta edificar una poesía pura, pero con una intensa influencia de Darío, cuyo poder poético tiende a opacarlo. Asimismo, se asoma o toma prestadas la voz y el espíritu de Chocano al mostrar su admiración por lo español [hispanismo], aunque incite hacia una armonía que, para la voz poética, solo puede existir en el mundo de la poesía, cuya inspiración resulta brotar de un universo celeste, de la musa o de la nada: «hasta lograr la armonía / que reside en las alturas» (p. 60). El principal rival que tiene el poeta son las “vulgaridades”, pero ¿qué implican dichas “vulgaridades” en una sociedad que se corroe cada vez más? ¿Podríamos decir que el significado de dicho término se expande más allá del simple sociolecto? «¡Blandid, nobles emisarios, / sus espadas de templarios / contra las vulgaridades / que ofenden sus santidades / y a los padres milenarios!» (p. 61) La voz poética hace referencia a los “padres milenarios” y hay en ello una percepción cultural y lo cultural es un tópico profundo y extenso. Percibimos también en estos versos aquel tono epopéyico empleado por Chocano en "Los caballos de los conquistadores". 

     Por ende, nos encontramos ante un espíritu que aún explora las diversas ramificaciones de la literatura, que brega por encontrar su propio camino o su propio “yo” en estos menesteres y, por ende, existe un futuro para él en dicho arte, aunque mucho dependerá de cómo vaya desbrozando el inmenso bosque para finalmente hallar su propia expresión artística.

Comentarios

Más populares

La última estocada....

La “Lluvia de lágrimas” de Diófer Vásquez