Rosa la Capitana, novela de Martín Reátegui: Historia y literatura

    Escribe J. Miguel Vargas Rosas

    Martín Reátegui Bartra, creo yo, busca concretar una tarea planteada implícitamente entre los propios personajes de su primera novela titulada Rosa la Capitana (Ed. Rojo & Negro, 2025). «Nada es eterno, querido Julio. Ni siquiera el recuerdo de aquel agosto rebelde será eterno, si no organizamos a nuestro pueblo. La memoria debe ser clavada en el alma para que prenda. Para que ilumine» (p. 183). Así, Martín Reátegui busca clavar la memoria en el alma mediante esta su primera novela; la misma tiene un estilo de crónica o novela periodística sobre la rebelión suscitada en Iquitos (agosto de 1908). La novela, además, tiende hacia el llamado realismo socialista, introducido al Perú por Vallejo en su famosa novela El Tungsteno, e intenta rescatar aquel hito histórico, al que han intentado borrar de la llamada historia oficial. Reátegui Bartra, sin embargo, no descuida la estética literaria; es más, nutre su narración con un toque romántico, pues todos los personajes, de una u otra manera, se encuentran atados mentalmente al episodio suscitado en agosto de 1908; transmite una nostalgia tierna debido al paso implacable del tiempo, el cual, va apagando a algunos personajes, mientras envejece a otros y forja a los nuevos. 

    La obra no cae en lo tedioso; fluye con una prosa precisa, la cual se ornamenta de una poesía cándida que embelesa a los lectores. Entre otras características formales, predomina la prosopopeya narrativa y, en algunas partes, la voz narradora recurre a la etopeya para explorar la psicología. Posee cierto espíritu socarrón, como cuando señala: «Inquieto y bullicioso, el cura Pedro Correa —conocido por sus inclinaciones festivas, marido clandestino de tres mujeres y padre de ocho hijos— tuvo la ocurrencia de bendecir las palmeras adornadas del vecindario (…)» (p. 24) El discurso de los personajes está nutrido con ideologías modernas muy bien estructuradas. En esta parte, debemos añadir que la novela de Bartra también busca aportar al debate político en el sector de la clase obrera y trabajadora en general. 


En síntesis, la novela nos narra el derrotero de los involucrados en la rebelión de 1908 contra la carestía de vida y la sobreexplotación asalariada en la extracción del caucho hasta la toma de Leticia (1932). Exhibe también la complejidad en todo deseo y proceso revolucionario, pues implica soportar la traición, el oportunismo, el martirio, la persecución y la renuncia a ciertas comodidades. «Al oportunismo hay que combatirlo, sí, pero nos hace daño afligirnos la vida con sus actitudes. Traidores y oportunistas existirán siempre. No es nada nuevo» (p. 171). El gran protagonista, en casi toda la obra, es el pueblo intentando organizarse para hacer estallar la rebelión, como en Fuenteovejuna. Logra así algo que muy pocos logran en estos lares: crear una historia donde los personajes cobran el mismo nivel de relevancia y, por ende, no son relegados para erigir a uno solo de manera forzada. Como consecuencia de ello, también descubrimos ciertos pensamientos, costumbres, lengua, dialectos e idiosincrasias del pueblo amazónico.     

La novela nos presenta personajes reconocidos e históricos como Rosa la Capitana, José Carlos Mariátegui, Miguelina Acosta, etc. En la tercera parte, nos conduce a rememorar la fundación del Partido Comunista por Mariátegui, quien no llega a responder ciertas consultas relacionadas al problema de las fronteras nacionales. Por ende, no es una novela de elogio y de exaltación, sino de reflexión y se erige como una herramienta para colocar sobre la mesa ciertos tópicos que no han sido abordados en profundidad por la ideología marxista peruana hasta hoy en día. Entre otros, también demuestra el conflicto entre la teoría y la práctica dentro del mismo grupo revolucionario frente a la condición de la mujer. He ahí su valor político y sociológico que, a su vez, no desdeña la sensibilidad humana y la diversidad de temperamentos; algunos personajes claudican en la lucha; otros, se sumergen en el pesimismo y la iracundia; algunos traicionan los principios que juraron defender; otros tantos persisten en su lucha; pero todos están unidos por un hilo conector que los embarga de cierta nostalgia por los viejos tiempos y por la impotencia ante las constantes derrotas individuales y sociales. En tal sentido, discrepo con Robles Moran cuando cataloga a la obra como una forma de propaganda política plagada de estereotipos, pues al mostrarnos, mediante la polifonía, la disgregación de los personajes, quienes deben continuar con la existencia, intenta explorar las etapas del hombre inmiscuido en el conjunto humano. Tampoco se puede juzgar a la ligera que se abordan temas insignificantes pertenecientes a la “arqueología” de la izquierda amazónica: Como ya lo señalamos, son temas aún no abordados a plenitud desde el ala más revolucionaria de la izquierda peruana (solo para aclarar, en cuanto a la cuestión de fronteras, la novela lo aborda desde la subjetividad de las masas y el espíritu que se crea en los habitantes de zonas fronterizas).  

Es cierto que la calidad narrativa decae en algunas partes, como señala Robles, y pudo haberse trabajado con mayor detenimiento, mas, la obra conserva su valor histórico, humano, literario y sensitivo si la ubicamos en el género que le corresponde: una novela testimonio.  Asimismo, la obra exige un lector conocedor de historia, pero también invita a estudiar a profundidad estos procesos populares con el propósito de extraer lecciones. 


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