Hablar y contar en peruano: a propósito de La rebelión (Reseña)

Escribe Oscar Gilbonio      

    Suelo desconfiar de los cuentos que privilegian el artificio verbal sobre la construcción de una historia. Por eso, encontré en La rebelión  de Luis Fernando Cueto un libro particularmente estimulante.

    Los cuentos pueden transcurrir en escenarios palpables del Perú o del mundo. Los personajes se manifiestan a través de registros lingüísticos diversos: una niña con discapacidad intelectual que ausculta, desde una aparente candidez no exenta de crueldad, el conflicto armado interno —La niña de piedra azul– una prostituta sobre cuya colega se cierne la muerte si no paga el cupo a un chulo —La santa de Lavapiés— o un escritor avasallado por personajes que parecían existir solo en la ficción —La rebelión.

    El libro cuenta con diversas reseñas, algunas tan minuciosas que abordan cada uno de los dieciséis cuentos. Me centraré en uno de los aspectos más sólidos del libro: el manejo de la historia en consonancia con el lenguaje de los protagonistas. Ello es posible gracias a un oído atento y a la oportunidad de conocer ámbitos y personajes de diversas regiones del Perú, América y Europa, donde transcurren algunos de los relatos.

    Cueto es bien consciente de tal potencialidad, explayándose al respecto en su discurso de premiación que cierra el libro. Se refiere a José María Arguedas, quien escribió su última novela precisamente ambientada en Chimbote, como un autor a quien no le alcanzó la vida para aprehender del castellano de la ciudad puerto, de modo que los personajes de El zorro de arriba y el zorro de abajo, no hablan como se espera de un chimbotano. 

    El cuentario es una invitación a reflexionar sobre la escritura y el habla de los pueblos, y cómo la gran literatura —aquella que perdura— se cimenta en ella. No se trata de transcribirla, sino del arte de reelaborar los discursos. Y me trae a colación la apreciación de Juan Villoro respecto a que ningún campesino habla como los personajes de Juan Rulfo, pero paradójicamente ningún diálogo suena tan genuino y auténtico al campo mexicano como los de su obra.

    Como en Rulfo, no se trata de reproducir miméticamente el habla popular, sino de transformarla en una construcción artística capaz de sonar verdadera. Allí reside uno de los principales aciertos de Cueto.

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