¿Lo nietzscheano en Los ríos profundos de José María Arguedas?

 Escribe J. Miguel Vargas Rosas

    Cuando uno avanza en la lectura de Los ríos profundos de José María Arguedas, se encuentra con dos pasajes que nos remontan al pensamiento nietzscheano: «Durante muchos días después me sentía solo, firmemente aislado. Debía ser como el gran río: cruzar la tierra, cortar las rocas; pasar, indetenible y tranquilo, entre los bosques y montañas; y entrar al mar, acompañado por un gran pueblo de aves que cantaría desde la altura. / Durante esos días los amigos pequeños no me eran necesarios. La decisión de marchar invenciblemente, me exaltaba»; relata el adolescente Ernesto en el capítulo V (Puente sobre el mundo) aunque esta superioridad experimentada por el narrador—protagonista se debe a la fuerza extraída del puente Pachachaca, como si la energía proviniese de sus antepasados para ayudarlo a enrostrar los dolores sociales; es decir, tiene una connotación incaica o una asunción de la mística andina. No obstante, es una forma de huir de la realidad que lo abruma, de esa sociedad violenta que lo maltrata, que lo convierte en una víctima inocente, pues el colegio donde convive resulta ser la simbología de un Perú encarcelado; es también una forma de vencer el pesimismo que agobia al personaje. ¿Quién, en su sano juicio, no ha experimentado esa sensación de superioridad solo para vencer las calamidades sociales y existenciales? Todos, en algún momento, lo hemos experimentado. 

Podemos advertir también la íntima relación que sostiene el alter ego de Arguedas con la naturaleza; idiosincrasia del Perú profundo, heredado de los Incas que profesaban un gran respeto a los elementos naturales. Es como si el hombre adquiriese la vitalidad de la naturaleza y se fundiese con la naturaleza hasta confundirse con esta en un solo ser. Por tal motivo, Ernesto desea ser el río Pachachaca, imitar su fuerza inquebrantable y avasalladora: «Debía ser como el gran río: cruzar la tierra, cortar las rocas; pasar, indetenible y tranquilo, entre los bosques y montañas». Es inevitable reconocer la alta calidad de la lírica andina en la prosa arguediana.

El segundo pasaje resulta aún más teórico: «Los Padres lo vigilaban porque declaró ser ateo y prestaba libros a los internos. “Dios no existe —decía al entrar a la capilla— Mi dios soy yo»; así, la voz narradora describe al estudiante Valle, quien tiene una postura similar a la del filósofo Nietzsche cuando este sentenció la muerte de Dios. Prosigue más adelante: «Su ateísmo era famoso, y su “materialismo”, pues él decía tener cultura “enciclopédica”. Adoraba sólo la forma; desdeñaba a los románticos y “pasionistas”. “El pobre, el desgraciado Espronceda; y el otro, el más desventurado, el llorón Bécquer”, decía. Consideraba a sus ídolos a Schopenhauer y a Chocano». En el personaje que describe el protagonista pervive un espíritu altivo debido a la abundancia de lectura y un aislamiento similar a la que experimenta, en ciertos momentos, el propio narrador. Aquí cabe explicar la oposición de caracteres entre los dos personajes; Valle todavía presenta una puerilidad de conciencia, mientras que Ernesto recurre al concepto de superioridad en un acto de madurez que lo conduce a recargarse de energías y volver a enfrentar con mayor coraje a la tragedia social que lo obnubila todo a su derredor. Sin embargo, la actitud que opta Valle en Los ríos profundos se sujeta al siguiente principio Nietzscheano: «Aquel que ha llegado, aunque sea solamente en cierta medida, a la libertad de la razón, no puede sentirse en la tierra sino viajero» (Nietzsche, 1974:639).

Otro punto importantísimo de aquel pasaje es el temor que provoca la presencia de Valle en los directivos del colegio —ya hemos dicho que este es una alegoría del Perú— porque “prestaba libros a los internos”; dicha narración se constituye en una crítica radical contra los directivos del colegio y contra las clases dirigentes del Perú, pues son sindicados como hombres que no desean la propagación de ideas ajenas a las suyas; ven en los libros una amenaza, porque en ellos los hombres pueden encontrar ideas libertarias y avanzadas que los aparte del dogma o del adormecimiento embrutecedor. 

Volviendo a nuestro tema, Nietzsche puede ser interpretado desde distintos ángulos políticos o filosóficos. En Ernesto, la superioridad del ser humano solo puede llegar con la superioridad de la sociedad en su conjunto, porque si no, el hombre sucumbe a la desgracia de la soledad, de la melancolía, de la confusión y de la tiranía. El protagonista de la novela, más adelante, simbolizará inconscientemente aquella célebre frase de Nietzsche: «¡Creedme! El secreto para cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia es: ¡vivir peligrosamente!» (Nietzsche, 1992:283). A Ernesto le gusta vivir peligrosamente en un sentido productivo; por tal motivo, se solidariza con la protesta de las chicheras; las acompaña a repartir bolsas de sal a los más necesitados; por eso, soporta con heroicidad y hasta cierto placer los azotes que le propina el padre Linares cuando se entera que ha participado en la rebelión de aquellas mujeres rebeldes encabezadas por doña Felipa, quien también demuestra un acto de rebeldía y parece ser guiada por el “demonio” nietzscheano cuando el padre Linares intenta rebajarla a gritos: 

«— ¡No me retes, hija! ¡Obedece a Dios!

— Dios castiga a los ladrones, padrecito Linares —dijo a voces la chichera, y se inclinó ante el Padre. El padre dijo algo y la mujer lanzó un grito: 

— ¡Maldita no, padrecito! ¡Maldición a los ladrones!»

    Entonces, cobra real vigencia la afirmación vertida por Alfonso Ibáñez (2001) con respecto al pensamiento nietzscheano: 

¿La filosofía de Nietzsche es liberadora u opresora, es fundamentalmente destructiva o constructiva, está básicamente puesta al servicio de un no o de un sí a la vida? La interrogación permanece abierta y según la respuesta que le demos se juega, muy probablemente, nuestra manera de leer y practicar a Nietzsche (p. 11)

    Aunque, en honor a la verdad, lo que prima en Ernesto y doña Felipa, personajes de Los ríos profundos, tiene que ver mucho más con la costumbre comunal andina y su interconexión mística con la naturaleza; en esa cosmovisión cobra mayor sentido las actitudes, caracteres y sucesos narrados en la novela, ya que prima la hermandad hombre–naturaleza y hombre–hombre creando una especie de equilibrio; pero cuando el hombre andino percibe el quebrantamiento de dicho equilibrio por entidades externas, opta una actitud de rebeldía que implica, en tiempos donde campea la opresión del hombre por el hombre, una superioridad en claro contraste al conformismo y al conservadurismo. Este razonamiento los lleva también a bregar por el “mañana”, por las nuevas generaciones humanas. En este concepto también se incluye un postulado de Nietzsche: 

¡Constituya de ahora en adelante vuestro honor no el lugar de donde venís, sino el lugar a donde vais!... El país de vuestros hijos es el que debéis amar: sea ese amor vuestra nobleza, —¡el país no descubierto, situado en el mar más remoto! ¡A vuestras velas ordeno que partan una y otra vez en su busca! (Así habló Zaratustra)

    Es decir, conquistar aquel mundo que hoy no está; ese mundo que debería pertenecer a todos los hombres, pero que un puñado de hombres han destruido. 

Comentarios

Más populares

La última estocada....

La “Lluvia de lágrimas” de Diófer Vásquez