La poesía y el alma del mundo amazónico en Allí donde canta el viento
Escribe J. Miguel Vargas Rosas
En todos los poetas antologados en el libro, sobresale un alma conectada o arraigada con los elementos de la Naturaleza; sus seres mitológicos son tratados con suma delicadeza y respeto, porque son seres brotados de la selva amazónica, de sus profundidades, son la naturaleza misma; además, parecen conducir el rumbo o destino de sus vidas. «Aférrate a mis ramas, Naro-wé. Mi cuerpo de madera será el tuyo. Tuyas mis raíces. Y tuyo mi lenguaje infinito con el viento» (El coro, Javier Dávila Durand). Es esta identificación con la naturaleza lo que conduce a las voces poéticas a denunciar, a gritar en desespero, a convertir sus versos en críticas sociales, en murallas de defensa contra la depredación de la Amazonía, aunque por ratos se tiña de una nostalgia tierna. «Una casa sin puerta /es nuestra Amazonía» (Reclamo para César Arias, Javier Dávila Durand). Estos versos nos indica que la Amazonía era libre y le pertenecía a toda la humanidad; sin embargo, alguien se ha apropiado de esa “casa” y la ha ido destruyendo desde dentro: «Una casa sin puerta/ que ahora ni nosotros conocemos».
Otras voces nos permiten navegar o caminar por la Amazonía, exaltando a sus dioses y hacedores del universo, pero es una caminata o navegación al horizonte insondable que tiende a cobrar dimensiones propias de la esperanza a donde se dirigen las almas abrumadas, asustadas o aterradas. Estas invitaciones son, precisamente, unas andanzas o navegaciones hacia el origen para salvar a la Amazonía que está en riesgo debido a una mano que la destruye.
«Lejos, lejos, surcando el río de los enemigos,
más allá de las palizadas, yendo al reino
de Pachakamaite, el dios, el padre,
allí donde se hunden los arroyos
y los pájaros desvían sus vuelos.
Allí donde canta el viento y el aire es mío,
Hacia los huesos, los dientes, los picos,
los silencios del cerro de la sal
que son míos, siempre míos». (Cantar Asháninka, Jorge Nájar)
Para los poetas de la Amazonía no es la naturaleza la que está acabando con la propia Naturaleza ni con el Hombre, sino es el Hombre el que depreda la Naturaleza y, con ello, se autodestruye. Lo interesante de este conjunto de poetas es que dejan en claro que no se refieren a todos los humanos o a cualquier ser humano como destructores, sino que identifican a un ser humano específico al cual catalogan de destructor. «Tras la puerta, otro fuego /devora las montañas / y los hombres. No digas / nunca: «hay tiempo, hay tiempo». Tal vez / mañana mismo, / buscando entre los muertos / el cuerpo del hermano, / nuestro cuerpo encontremos» (Preguntas y penumbras, César Calvo). Existe una denuncia explícita por los cuerpos de sus hermanos, pero también por el mismo cuerpo del poeta y de aquellos a quienes dirige sus versos en una forma dialógica, pero estos cuerpos pertenecen a un grupo considerable de personas que son destruidos, martirizados, carbonizados cual herejes en el infierno dantesco, asesinados por otro grupo humano que parece ser una minoría.
Hay poetas presentes en esta antología que toman la mano del lector para hacerles un recorrido por la historia de la Amazonía, de la esclavitud sufrida por los hombres de la selva, producto de la esclavitud cauchera. «Pero otros nos volvieron a despertar con / Wínchester y el tajo [del caucho. / ¡Guerra! / ¡bubinzanas degolladas! / ¡canto de piratas!» (1900, de años sangrientos. César Arias) y la voz poética teme o despierta, se vuelve paranoica o consciente porque sabe que más tiranos y más esclavizadores acudirán constantemente a la Amazonía, a seguirla desangrando y a seguir desangrando a sus hijos. «Desde ahí no me he dormido nuevamente, / porque vinieron y vendrán tantos para izar sus banderas en / [las tumbas».
Pese al dolor y al oprobio, las voces no se ciegan en la mezquindad ni el egoísmo. «El río es nuestro y nuestro el pescado para saciar el hambre [del planeta» (Para hablar del río Amazonas, Carlos Reyes Ramírez). Deja claro, sin embargo, que no olvidan los tormentos y los dolores. «Ese río tiene borrones en la memoria, pero no olvida los [genocidios por la trémula leche del árbol». Desfilan por sus versos, aves selváticas, frutos selváticos, costumbres selváticas, pero estos versos no tienen espíritu amazónico solo por expresar o nombrar tales elementos, sino porque sus almas son reflejos de esos elementos, sus almas desbordan naturaleza; la esencia de esas almas está forjada de bosques, ríos, fauna silvestre, sueños, luchas y más selva. Por eso mismo, nunca falta el tono socarrón como un himno a la alegría, seguros de que el futuro será de la humanidad y de la Amazonía. «Por eso en nuestros caseríos/ no tememos las tempestades» (Arquitectura popular, Armando Almeyda Nacimento).
«Dibujamos un inmenso sol riéndose
en medio de nuestro patio
Prendemos de a ilo
los machetes en la barbacoa.
Bajamos nuestras truzas
y le hacemos ver su cara»
Pervive así, en el espíritu amazónico, como en el espíritu andino, esperanzas de que el mañana sea esplendoroso y de luz; de que la humanidad concrete un salto cualitativo hacia la mejora como sociedad y como humanidad en general, que vuelva al humano su amistad entrañable con la naturaleza: Hay pues, en el espíritu y la cultura amazónica también esperanza para la humanidad.
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