Rosario Sánchez y El nombre negado

Escribe J. Miguel Vargas Rosas     


   
El conjunto de cuentos que se reúne en El nombre negado (Ed. Rocinante, 2026)  de Rosario Sánchez Infantas nos conduce a reflexionar, entre otras cosas, sobre quiénes somos y cuál es nuestra razón de ser; es decir, a no contentarnos con el fenómeno que observamos sobre nosotros mismos, sino a explorar nuestra esencia como consecuencia de increpar esa nomenclatura que llevamos en la vida; ese nombre que nos han legado como si se tratase de una némesis griega, pues, a veces, resulta ser una carga más que un honor o alivio. Por eso, la autora no se contenta con la prosopopeya, sino que ingresa a la psique de sus personajes para llevar al lector la esencia de la rabia de estos, la indignación y la tragedia que subyace sobre sus tristes existencias, denotando así una influencia dostoievskiana, aunque por la forma de narrar se aproxima un poco más hacia el lado indianista de Clorinda Matto de Turner. Sánchez Infantas deja expresar a sus personajes sin emitir un juicio como tal, lo que la diferencia de Clorinda Matto y sucede lo que el prologuista del libro señala: «Sus voces narrativas (…) no son juzgadas ni idealizadas, son escuchadas»; pero sí que hay algo de idealización en los cuentos, aunque no haya un juicio subjetivo por parte de la autora. 

    Pero sería injusto dejarnos influenciar solo por el título, en tanto que damos prioridad al ser como individuo o unidad, ya que las historias involucran a la sociedad, al entorno y/o al modo de producción determinado de la sociedad como influencia en el consciente del individuo. Sánchez Infantas ha logrado comprender, como psicóloga, esta interconexión individuo-sociedad. Algo parecido sostiene el prologuista cuando enfatiza lo siguiente: «El nombre negado es, en última instancia, un libro sobre la identidad; la que se impone, la que se pierde, la que se construye, pero también es un libro sobre la memoria y sobre el acto de mirar hacia atrás para comprender quiénes somos». Habría que decir que las historias nos imbuyen a mirar hacia atrás, pero también a mirar el presente, ya que en ellas predominan, a lo Dostoievski, los personajes desgarrados por la sociedad y los hombres, los despojados que todavía siguen sufriendo el viacrucis de un sistema injusto; por eso, en los cuentos existe una crítica implícita contra las instituciones que siguen formando parte de aquel grupo gobernante que oprime a las mayorías sociales.

    Con un lenguaje sencillo, sin abuso de tecnicismo ni lenguaje rimbombantes, Sánchez Infantas logra transmitir una gran e intensa emotividad en los lectores a través de personajes jóvenes que se ven, de repente, asolados en un mundo duro e insensible, agobiados por dudas sobre sus identidades y sus roles en la sociedad, sobre cuestionamientos de sus familias y sus destinos inexorables que tarde o temprano los asfixiarán porque hay un desconocimiento de las leyes sobre la cadena causa-consecuencia que rige el devenir de la vida misma; además, esas dudas que mencionamos líneas arriba no son absueltas del todo, por lo que la mayoría de los cuentos tienen un final abierto. Para ello, la autora no solo viaja por distintos panoramas, como se señala en el prólogo, sino y, sobre todo, es que viaja a distintas épocas históricas del Perú que, de una u otra forma, han influenciado en la vida del pueblo peruano. 

    En “Se hizo camino” el protagonista está involucrado, sin querer, en la Segunda Guerra Mundial; pese a sus infortunios como migrante en Pisco, intenta luchar contra las adversidades hasta que consigue el apoyo de un ciudadano japonés y no de sus propios paisanos. En “Inmaculada concepción” existe un descubrimiento, mediante la anagnórisis griega, de una desgarradora verdad: el ultraje contra las trabajadoras o sirvientas provincianas en la capital; ultrajes que se encondían y que aún se esconden, so pretexto de la “honorabilidad” de los patrones, «Envío doscientos: partera y liquidar a la Paulina. Llego lunes mediodía. Manda acémilas» (p. 33), era el modo de finiquitar esos casos y es como, hasta hoy en día, se busca finiquitar esos casos cuando el poder del dinero se impone. 

    Avanzando en las historias retrocedemos aún más en el tiempo y nos encontramos, por ejemplo, en la etapa de la independencia del Perú con el cuento “En el nombre del padre” donde un tipo que se ha unido a la iglesia para sobrevivir en una sociedad convulsa e injusta, revela que: «Deseaba que sobreviviera y que no intentáramos buscarlo, ni ella ni yo. Así, él seguiría siendo el ciudadano ejemplar, la cabeza de una familia cristiana. Corría el año de 1790 en la pequeña ciudad andina. Mi madre, una criadita de dieciséis años fue violentada por su patrón y echada cuando quedó embarazada. ¡Uf! Dicho así, sin eufemismos, suena muy feo» (p. 39). Esto, ya sea como un trauma social o algún complejo creado en el personaje, lo conducirá a este a cometer delitos semejantes al del Patrón que ultrajó a su madre, utilizando el nombre de Dios y de la Iglesia, por lo que también nos conduce a una crítica social contra esta identidad, pues la Iglesia temía cualquier rebelión del pueblo que buscaba su libertad y siempre se mantuvo unida a las clases poderosas, sin importarles si aplicaban las más déspotas de las tiranías. «En la fortaleza del Real Felipe se había refugiado el general realista Rodil y sus huestes. Eran de los nuestros, y ¡nos echaron a balazos! A nosotros, que sostuvimos la conquista y el virreinato, mediante el miedo a Dios, arma tan filosa como una espada» (p. 43). Todo es narrado por el personaje, en primera persona autobiográfica, al muy estilo de Lazarillo, pero con una personalidad maquiavélica y enfermiza. «(…) llegué a ser un cura respetado, aunque de vez en cuando las pesadillas y el temor a una nueva revolución me amargaban los días. ¡Tch! De tanto mentir, llega el momento en que confundo lo que es verdad de lo que es mentira» (p. 44). 

    Así, en el libro también se explora la sanguinaria explotación del caucho en la Amazonía peruana, donde estuvo involucrada la Iglesia. Nos habla sobre la esclavitud de los chinos culíes en el cuento “Un paso, una huella”. «La explotación del caucho, que se expandía por la Amazonía llegó muy cerca de La Merced. Se ofrecían recompensas a los nativos que cazaran a otros nativos a fin de ser utilizados como mano de obra esclava» (p. 53). Aquí, hay otra crítica implícita, pues las clases pudientes tienden a utilizar a sus propios esclavos para que los ayuden a esclavizar a otros: Una realidad muy vigente como para solo mirar el pasado. Después de la maligna explotación, los cuerpos de los hombres esclavizados desaparecen y, con ellos, desaparecen sus recuerdos, sus memorias, legando a los suyos una resignación nostálgica tal como lo hace la narradora protagonista: «“Morir sin perecer, es presencia eterna”, me parece escucharlo decir» (p. 55). 

    Cada cuento tiene el poder de hacernos sentir aquel sinsabor de la vida indiferente e insensible que experimentamos hoy en día; es como un guantazo que busca despertarnos del sopor adormecedor, sin necesidad de muchos ornamentos vacuos, pero conservando la delicada y refinada estética de la literatura, sobre la cual no diserto porque al considerar a El nombre negado una obra literaria, habla sobre la belleza sutil que contiene resultaría redundante. Siguiendo los postulados de Jorge Luis Borges, los cuentos son concisos y narran lo absolutamente necesario para impactar en el lector, sin caer en las tediosas redundancias ni en el alargamiento abrumador. 

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