Un jueves, como hoy, de otoño

  Escribe J. Miguel Vargas Rosas  


 El médico Lemiére declaró el jueves 7 de abril: «Todos los órganos son nuevos. Veo que este hombre se muere, pero no sé de qué». La versión de Georgette, viuda de Vallejo, coadyuva a aumentar el misterio que rodea la muerte de nuestro vate universal, César Abraham Vallejo Mendoza. Oficialmente, decidieron cerrar el tema con el diagnóstico de un paludismo que había retornado, siguiendo la hipótesis planteada por el médico Urquijo: «Más me convenzo de que se trató de un viejo paludismo»; sin embargo, estas palabras dichas por el galeno expresan solamente presuntuosidad. Hay quienes señalan que Vallejo murió de tuberculosis; que la pobreza agobiante lo había asesinado; también se puntualiza que la tristeza lo hundió en una muerte lenta; pero Vallejo amaba vivir, aunque la vida estuviese distorsionada y ennegrecida por el sistema capitalista al cual combatió hasta el último suspiro. «Hoy me gusta la vida mucho menos, / pero siempre me gusta vivir: ya lo decía». 

   

    Los que lo acompañaron en sus últimos días señalaron dos puntos importantes: 1. Vallejo pidió regresar a España, quizá a seguir batallando por la revolución. 2. Solía llamar a su madre María, aunque esta había fallecido hacía muchísimos años. Su corazón poético seguía bombeando amor por la humanidad, por los desposeídos, los explotados y por la madre que, ausente, lo había acompañado intrínsicamente a todos los lugares que él había visitado. La madre y los deseos de revolución social parecían haberse fusionado en el vate, como si el amor materno debiese bañar el proceso revolucionario. 

    Por otro lado, la pobreza fue una especie de calamidad que persiguió a Vallejo durante su estadía en Europa. Él mismo lo narra: «O me vendo o me arruino —señala en una carta a Pablo Abril de Viveros— Naturalmente, si no me vendo ni me he vendido, es prueba de que me estoy arruinando. Van a ser seis años que salí de América ¡y cero!». En esta breve carta, Vallejo enfatiza la preferencia por arruinarse antes de vender su espíritu y su política; antes de corromperse en el fango capitalista, denotando así una integridad intachable. En otra misiva, da cuenta sobre la crueldad de ciertas personas y sobre el dolor que lo perseguía desde Los heraldos negros. «¡Pablo! Hay gente dura y cruel en el mundo. Hay dolores que espantan, y la muerte es un hecho evidente, pavoroso. Hay gente dura de corazón, y uno puede morirse de miseria» (114 cartas de César Vallejo a Pablo Abril. 1975, p. 27) El término “miseria” opta doble sentido en esta construcción sintáctica: Uno puede morirse en la pobreza o morirse debido a la miseria humana que expresan ciertos individuos.

   El Cholo, como lo llamaban sus amigos, transmitía paz cuando se comunicaba con estos, pero contagiaba aquella paz porque él mismo estaba nutrido con esperanzas de un mundo mejor. Entonces, la desesperanza y la tristeza no podrían haber acabado con Vallejo; él ya había profetizado en su novela Tungsteno que los pueblos se levantarían en rebelión, bajo la dirección de su único líder: Lenin (alegóricamente hablando). Además, él sostenía su esperanza en la solidaridad de los hombres oprimidos: lo refleja en “Masa”. En esta línea especulativa, se ha hecho muy famosa la versión de un Vallejo siempre triste y apesadumbrado; pero la verdad es diferente, pues varios testimonios relatan sobre la personalidad alegre y jocosa del poeta. Es más, una fotografía revelada no hace mucho lo muestra sonriente, levantando una copa. En Vallejo, con tristeza o sin ella, había un fulgor de esperanza reflejada en la revolución socialista, cuya defensa había asumido con fervor. Así, cuando indica en su poema dialógico «si la madre España cae —digo, es un decir— salid, niños del mundo; ¡id a buscarla!», no se refería solamente a buscarla de manera inmediata en la guerra civil, sino buscarla constantemente hasta lograr la revolución. En ese mismo contexto, España no es solo España, sino una simbología o una metáfora que representa a la humanidad, la cual se encontrará a sí misma cuando triunfe la revolución, se conquiste la libertad y se construya el anhelado mañana fulgurante.  

    El poeta fue internado en la Clínica del Boulevard Arago de París el 24 de marzo de 1938; fue sometido a varios análisis con los cuales descartaron tuberculosis, sífilis, malaria y otras enfermedades más. Tres semanas estuvo internado; fue ahí, según Andre Coyné, que diría «voy a España… Quiero ir a España» el 13 de abril. Podemos identificar la sensibilidad de Vallejo con la de Juncos, ese muchacho andino descrito en su cuento El vencedor que, tras salir airado de una pelea contra Cancio, llora… Llora no porque haya vencido, no porque haya recibido golpes: llora porque ha golpeado a otro ser humano. No obstante, Vallejo había asumido conciencia de la revolución social con todo y los dolores que esta podría acarrear.  

    El médico chileno Álvarez publicó un artículo titulado “¿De qué murió Vallejo?” en el que concluye: «Falleció a consecuencias de una intoxicación crónica por solanina, agudizada en sus últimas cuatro semanas de vida». Lo cierto fue que Vallejo exhaló su último suspiro tres semanas después de haber ingresado al nosocomio francés: Era, en París, un viernes 15 de abril; pero en Perú era Jueves Santo y unos versos escritos por el propio César debieron ascender a la memoria de los que lo acompañaron: «Me moriré en París -y no me corro- / tal vez un jueves, como es hoy, de otoño…». Afuera, dicen, caía una tierna llovizna. 

    Debido a su inmensa humildad, tal vez Vallejo no concibió que, tras su muerte física, volvería a nacer y vivir constantemente en el espíritu de los pueblos, en las heridas que todavía sangran, en la humanidad que hoy es despedazada por el egocentrismo destructor. Hoy, su nombre suena en América, Europa y Asia; sus versos los recitan los pobres del mundo, los desplazados, los vilipendiados, los que luchan: Hoy la “masa” empieza a unirse entonando sus poemas. Sus versos también son recitados por los opresores, quienes buscan distorsionarlo y quitar a Vallejo, lo mismo que a Mariátegui, su espíritu revolucionario y marxista, aunque él mismo se encargó de dejar en claro que el marxismo fue fundamental para su lado “humano”; ese marxismo, además, le impulsó a esbozar críticas contra los artistas burgueses quienes vivían como lúmpenes, mientras otros morían en la miseria. Finalmente, conocer la revolución bolchevique de cerca, lo llevó a tomar partido: 

Estoy dispuesto a trabajar cuanto pueda al servicio de la justicia económica cuyos errores actuales sufrimos: Usted, yo y la mayoría de los hombres, en provecho de unos cuantos ladrones y canallas. Debemos unirnos todos los que sufrimos la actual estafa capitalista, para echar abajo este estado de cosas.  (Vallejo a Pablo Abri, 12 de diciembre de 1928)

    Entonces, desde aquel 15 de abril de 1938 cuando acababa de cumplir 46 años de edad, todos los hombres de la tierra rodearon a Vallejo; él los vio triste, emocionado; incorporóse lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a andar... 




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