Conociendo a Todos los muertos de mi felicidad de Gabriel Rimachi Sialer

   Escribe J. Miguel Vargas Rosas  

    «Lima era una ciudad que devoraba a sus mejores hijos»; prescribe la voz narradora en el cuento “Monsieur Hernández”, incluido en el libro Todos los muertos de mi felicidad (Ed. Summa, 2026) de Gabriel Rimachi. El narrador parece sucumbir en la oscuridad del pesimismo, en donde se habían enfangado los naturalistas literarios al concebir erróneamente que con el hundimiento de las clases pudientes devendría el hundimiento de la humanidad entera, pues su observación extremada y, sobre todo, extralimitada, les había conferido esa conclusión. Los cuentos son, en esencia, una suma de tragedias sociales desencadenadas en un mundo caótico y relatadas por una voz que se inclina hacia el espíritu naturalista y hace coqueteos con el realismo sucio. Emplea una prosa poética sencilla, aunque en algunos relatos demuestra la destreza para concretizar técnicas narrativas modernas, sobre todo en aquellos donde rinde tributo a Vargas Llosa. Precisamente, con la literatura de este último escritor, podemos anexar el espíritu del autor; si bien representa las desgracias sociales con cierta nostalgia, queda atrapado en ellas y se inclina a aceptarlas como parte de la “normalidad humana”, muy al estilo vargasllosiano en Cinco esquinas, como quien se considera parte de ese mundo al cual “no se puede cambiar por otro” ni al que quieren, escritores como ellos, renunciar. Ejemplo claro es el relato “Elogio de la sirvienta”, que también busca homenajear a Vargas Llosa, en donde se realiza una exaltación (oda) a la infidelidad y al abuso de poder. Esta postura dista mucho de la posición naturalista, obviamente. 

No obstante, los relatos impactan debido a los recursos que se emplean: una poesía delicada, ciertas descripciones detalladas y el asomo al realismo sucio; los personajes, en cierto modo, son “desgraciados” y pertenecen a la clase media o lumpen a quienes no les importa degradarse mientras la sociedad se los permita. Así, en “Ciudad solitaria”, dos jóvenes clasemedieros solucionan el impase de un embarazo no deseado mediante el tan aclamado aborto; en “Sérpico, sin Al Pacino” se nos exhibe la condición monstruosa a la que puede arribar el género humano. “Monsieur Hernández” aborda la corrupción campante en la presa nacional y expone aquel “sensacionalismo” brotado desde las entrañas de la corrupción, la cual sigue corrompiendo sin conmiseración. En este relato, el autor toma prestado el tema y el estilo de Jaime Bayly.  

En todos hay un hálito de soledad deprimente, tal vez porque la ciudad, pese a su inmensidad, tiende siempre a la frialdad humana y, por ende, al abandono absoluto de las almas más sensibles. En “Monsieur Hernández” dicha expresión desoladora es mucho más directa. «…la calle, la calle te llama, te abre sus puertas más secretas, te enamora, te seduce, te canta al oído, te ama, te deja extasiado y luego te devora, te agota, te seca, te mata de a pocos, hasta que formas parte de ella y de toda su oscuridad» (p. 41) Lo que llama más mi atención, incluso por sobre “¿Quién mató a Palomino Molero?” o “Elogio de la sirvienta” o su narración acerca de la catastrófica vida que llevan los venezolanos en suelo peruano, es la crítica audaz que realiza contra el desarrollo de la tecnología que, a decir del autor, ha empezado a devorar la mente de las personas; para lo cual recurre a un estilo tétrico. 

En consecuencia, en “Paraísos artificiales”, una familia empieza a ser consumida por el nuevo televisor que han adquirido; este, transformado en una simple voz femenina, causa la muerte y la absorción del más joven. Sin embargo, el enfoque de la crítica contra la tecnología se va perdiendo conforme la trama se desarrolla; el padre, agobiado por el dolor de la pérdida de su hijo, se deja seducir por aquel imponente televisor, aunque su proceder no es por amor a la tecnología como tal, sino por el sentimiento humano llamado amor paternal. Cabe resaltar que el autor explora una diversidad de técnicas narrativas, así como estilos. En el último cuento, enriquece la historia con lo “real maravilloso”. 

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